21 oct. 2010

De la poesía al absurdo.


Fue la tinta cordial alma que pidió ser sacrificada
y aquel frío papel, el verdugo que no pudo resistir
enamorarse de la cándida figura de los símbolos
que segregaron el más tímido sobresalto enajenado.

Fue la tarde musa inspiradora y la muerte lejano murmullo
silenciado por pétalos de rosas que perfumaron mis labios,
y entonces el tiempo dejó de ser lo que antes fue
para añejarse, el reloj se convirtió en copa embriagante
y los números en pequeños tic tacs desapareciendo.

Entonces se estremeció lo más firme que hay dentro,
entonces se derrumbó el templo y sobre él
se erigió una gran ciudad, un tumulto de palacios
que sólo fueron habitados por burgueses Sueños
y damas llamadas Esperanza, todas, vestidas de negro.

Que necio cegador es el cielo cuando el sol está en plenitud.
Que terca es la dama argentina cuando la sombra te abandona.

Efímeras palabras que sin ton ni son, sin métrica ni rima,
se desbordan del lago de mi pasión porque no llueve
sólo es que en si mismas se inundan, se decepcionan, se arrepienten;
y en ellas mimas los peces lloran, se cansan y ahogados mueren.

Dulce ironía de estupor cotidiano que con el tren se aleja,
no me digas que el olvido se olvido en la maleta o en el cajón cerrado.
Dulce inspiración que desdeñosa esta noche mi corazón aqueja
fuiste algún día poesía que se evaporó en lo absurdo del desengaño.

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