21 ene. 2010

nocturno

Aquella tuerta me observaba
con el único ojo que tenía,
me invitó a acompañarla,
yo no sabía que estaba maldita.

Me acariciaba con su aliento,
me dijo lentamente al oido
y sin dudarlo, te quiero,
caí en su trampa, en un segundo.

Bebí cenizas de esperanza
mientras ella acariciaba
tiernamente mis sueños,
me hizo creer en su cariño.

Tomé entre mis manos lo que
ella, pagana, me ofrecía,
y en el delirio de la tristeza
me acosté con ella.

Fueron sus lunares iluminados
los que me hicieron enamorarme,
entre guitarras y música,
para mi, aún desconocida;
se introdujo en mi cabeza.

Colgué en cada una de sus
más grandes estrellas un beso,
acaricié tiernamente su
intransigente belleza.

Conocí, al tocar su sexo,
la forma en que se estremecía,
aquí, sólo conmigo,
en este preciso momento.

Y entonces eyaculé sobre
ella mi maldita agonía,
para enjendrar lo que ahora
son letras en esta poesía.

Y fue maldita es cierto,
pero puedo amarla toda la vida
y recordarla con estos versos,
dedicados a mi delirío,
a mis pesadilla y sueños,
a mi noche bendita.